Jueves, 9 de septiembre de 2010
Madrugón a las 6:30. Media hora más tarde se tiró por primera vez la red, aunque quizás debería haber dicho, con más propiedad “se largó el arte en el primer lance” usando la jerga de los pescadores que me explicó hace días el marinero Torres. El alba me pilló fotografiando todo esto y, enseguida, cuando “viraron”, es decir, cuando recogieron la red, peces de múltiples especies abandonaron para siempre su medio natural para pasar a mejor vida. Tendrán buen aspecto si posen un alma porque, lo que es su cuerpo, lo diseccionaron, midieron, clasificaron, estudiaron y contabilizaron los biólogos, para determinar la abundancia de los recursos y su distribución en las zonas donde habían pescado.
Los peces se arrojan desde la red a una compuerta. Una vez en la bodega del barco, en una zona que se denomina “pantano”, unas cintas mecánicas los arrastran hasta el “parque de pesca”. Allí lo esperan los científicos. Varias docenas de cajas y de brazos actúan al unísono para, como en el juego de la ruleta, colocar cada especie en su recipiente. Algunos peces eran grandiosos, otros llegaron a trocitos y, en medio, pulpitos (que fotografié especialmente porque les cogí cariño en el Oceanográfico de Vigo) estrellas de mar y otras formas de vida más inertes que fui incapaz de reconocer.
Cuando le preguntaba a alguien por el nombre de un pez específico me contestaban en latín. Por ejemplo, me impresionaron los enormes ojos amarillos de una especie de escualo (para mí) que (para ellos) era sencillamente un “Galeus melastomus”.
El mar se fue embraveciendo y, al final, de los cuatro lances previstos, solo se llevaron a cabo tres. En el último las olas amenazaban peligrosamente con invadir la cubierta. Fernando, uno de los marineros, me aconsejó que me marchara a un piso más alto pero, precisamente, ante la posibilidad de que podríamos acabar inundados, decidí quedarme para contarlo. Y tengo la foto. También tengo las botas (que he descubierto que no eran tan impermeables como se anunciaban) y los calcetines y los pantalones en remojo. Una ola barrió la cubierta y me cubrió hasta la cintura. Rafa y Gonzalo lo captaron perfectamente para el vídeo de National Geographic.
El parque de pesca, el piso inferior del barco, es la viva imagen de un mercado. Todos los peces reunidos, limpios y frescos de verdad. No me habría extrañado que alguien, quizás Begoña Castro, que trajinaba con merluzas, se hubiera animado a venderlo “¡¡¡ freeeesco, lo tengo fresquiiiísimo, recién saaacadito del mar!!!”.
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| "Bego" |
El mar es el lugar ideal para un crimen perfecto. No quedan testimonios y, por eso, tenemos la ineludible misión de salvarlo. Los estragos por el uso de tecnología punta que detecta los ahora exiguos bancos de peces; la sobreexplotación que ha condenado a desaparecer a las especies más comunes; la devastación del fondo del mar por los abusos de la pesca de arrastre; la impunidad que permite que hasta un ochenta por ciento de los seres vivos capturados se devuelvan muertos al agua por que no se pueden comercializar, nos obliga a movilizarnos para acudir al SOS del mar.