Miércoles, 8 de septiembre de 2010
Desayuno como si tuviera una batidora en el estómago. La reja de la tostadora sale disparada y, sobre ella, como en una alfombra mágica, viaja mi pan tostado. Tenorio se ríe y viene a cuento que hablemos de los países de las Mil y Una Noches. “El Gran Sol es el destino más tranquilo de mi carrera –dice. En Irán trabajábamos a cincuenta y un grados en la sala de máquinas. La gente caía desmayada. Por cierto, yo tardé dos días y medio en llegar desde la aduana hasta el barco. Como no tenía visado, cuando me tocaba el turno después de una larga cola, el aduanero ojeaba el pasaporte y lo arrojaba al suelo. Luego la misma cola y el mismo desenlace. Al final me senté en un banco, la compañía envió un funcionario que ni hablaba español o inglés y, con sobornos, arreglamos los papeles de mi entrada”.
Hay temporal de viento y olas. Subo al Puente de Mando para tomar alguna fotografía. Las olas baten con fuerza empapándolo todo y mis cámaras y yo recibimos el impacto de un golpe de mar brutal mientras me desplazo por la proa. El fragor del viento y el balanceo del buque me empujan contra los cofres donde se almacena el material de salvamento. Tengo que dejarme llevar, sabiendo que el impacto será duro, porque la cubierta resbala como si estuviera empapada de jabón. Si me voy al suelo podría deslizarme y caer al mar por algunos resquicios. El tornillo que cierra el cofre me golpea dolorosamente la rodilla derecha. A partir de ahora voy a tener problemas para subir y bajar las empinadas escaleras del Vizconde de Eza, pero tengo una buena foto y conservo la vida.
A la hora de la comida un vaivén inesperado sorprende a Fran Velasco, jefe de expedición con diez años de experiencia en el barco, mientras recoge su comida en el auto servicio. La caída espectacular deja el suelo impregnado de la grasa del plato que Manuel, el camarero cubano, limpia con la fregona en un momento. Desde entonces, y hasta que desembarcó en Galway con nosotros, Fran tuvo que navegar con el brazo en cabestrillo. Moverse en un barco en el Gran Sol con una sola mano es complicado.
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| Fran Velasco |
Después de comer me limpio los dientes. Para guardar el equilibrio por los bandazos del barco apoyo la mano en el quicio de la puerta del lavabo. Acabo justo de retirarla cuando la puerta encaja con violencia en el lugar donde habían estado, hace pocos instantes, mis cinco dedos. Quizás será mejor trincarse como las sillas y no moverse.
Pero no será posible porque a las cuatro hay un simulacro de abandono del barco. Hace viento y la proa del barco se eleva arriba y abajo con violencia. Y ahí andamos todos, provistos de chalecos salvavidas. Luego todo el mundo se retira a sus aposentos y aprovecho para charlar con Miguel, el capitán.
“La gente joven –me cuenta- ya no se enrola en la mar. Antes se ganaba mucho dinero, pero ahora los sueldos no tientan a nadie a esta dura vida, lejos de casa”. Ésta es la clave. Cuando tienes un trabajo que viajas, aunque solo realices actividades laborales un determinado número de horas cada jornada, en realidad estás dedicando las veinticuatro a tu actividad. “Yo no puedo volver por la tarde a ver a mis hijos o a tomar algo con los amigos. Hay que permanecer en el barco semanas, meses y convivir con todo el mundo. La mayoría lo llevan bien, pero no siempre es así”. De alguna manera, mi vida de reportero tiene esas mismas carencias. Me acuerdo de mi mujer y mi hija que deben estar tranquilas en Banyoles mientras nosotros navegamos arriba y abajo con el vaivén de las olas.
Hay que tener madera especial, pero también caracter. El año pasado embarcó una estudiante de último año de Ciencias del Mar que no había navegado jamás. Se mareaba como una sopa y se agobió de tal manera que no pudo trabajar en quince días. Solo pedía que la llevaran a casa y al final desembarcó en Irlanda. “En cambio –continúa el capitán- otra chica que llegó a vomitar hasta trece veces en un día le puso ganas, superó estos problemas y ahora está embarcada en otro navío”.
Seguimos hablando de los marineros. Fuera de pocos españoles, casi siempre trabajando en puestos de confianza, las tripulaciones se nutren de sudamericanos, africanos y asiáticos. Los peor pagados son los indonesios, que cobran unos 300 dólares al mes. Normalmente se embarcan dos años y, con eso, ahorran lo suficiente para comprarse dos casas y dos motos.
Luego alquilan la segunda residencia y la moto que no necesitan y con eso viven de renta toda su vida. Mientras trabajan no se van de vacaciones para no gastar en billetes de avión. Encima en aguas internacionales no es obligatoria la seguridad social. Un chollo para los armadores. ¡Pero tampoco se lo montan mal los indonesios tras sus años de marinería!
El mar es el lugar ideal para un crimen perfecto. No quedan testimonios y, por eso, tenemos la ineludible misión de salvarlo. Los estragos por el uso de tecnología punta que detecta los ahora exiguos bancos de peces; la sobreexplotación que ha condenado a desaparecer a las especies más comunes; la devastación del fondo del mar por los abusos de la pesca de arrastre; la impunidad que permite que hasta un ochenta por ciento de los seres vivos capturados se devuelvan muertos al agua por que no se pueden comercializar, nos obliga a movilizarnos para acudir al SOS del mar.



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