| Rafa agotado |
Martes, 07 de septiembre de 2010
Día tranquilo pero noche movida. A pesar del balanceo del barco los tres usuarios del camarote dormimos más o menos bien. No hubo mareos, que ya es mucho. Te notas el estómago revuelto, eso sí, y escuchas los impactos de las olas que golpean el casco atizándole violentas bofetadas. ¡Patum! ¡Crack! ¡Plaf! ¡Bumba! Pero enseguida el mismo movimiento de la nave te ayuda a dormir. Es como amodorrarse en una montaña rusa. Rafa Navarro, el cámara de National Geographic, está agotado. El resto del equipo también e incluso a los marineros se les ve aletargados, que ya es difícil...
Levantarte y vestirte es una odisea. Algo tan simple como ponerte el pantalón o los calzoncillos en tierra, es ahora una trampa inquina. El camarote oscila en ocasiones con violencia y te sorprende mientras mantienes el equilibrio sobre una pierna. El tortazo puede ser tan descomunal como los sopapos del mar contra el Vizconde. También ducharte haciendo equilibrios, como si bajo tus pies hubiera un terremoto –y hablo con propiedad porque he vivido dos- resulta complicado. Y, para acabar, con el suelo mojado y resbaladizo, secarte, peinarte y no hablemos afeitarte, es un reto importante.
Pasear por el comedor con un vaso de café con leche en la mano medio dormido, mientras bailas como un poseso, también tiene su miga. Una vez has conseguido llegar sano y salvo a un asiento, reparas que alguno de los marineros ha seguido, callado y partiéndose de risa por dentro, tus vicisitudes.
Vuelvo al camarote a organizar las fotografías tomadas hasta ahora, una labor que me ocupará todo el día. La fuerza del mar oscilando por el ojo de buey me atrae como un potencial tema de la travesía. Como no tengo prisa tomo la cámara y espero las olas más fotogénicas entre las que embisten por la ventana. Tras unos veinte minutos haciendo fotos y revisando lo que hago, con la vista fija en el horizonte, el resultado es un mareo descomunal. que me lo he buscado yo solito. Ahora sí, noto el estómago con ganas de guerra.
Fran Velasco, uno de los jefes científicos de la expedición, comentaba que algunos marineros expertos vomitan el primer día y luego no lo hacen en todo el viaje. Optimista por naturaleza y confiado que me pasará lo mismo, fuerzo el vómito –al que le cuesta poco salir- y reparo que falta menos de una hora para comer. Mi turno es a las once de la mañana. Espero los sesenta minutos sin nada en el estómago, pero confío que con una buena fotografía en la tarjeta. Yo diría que con tantos avisos como me habían hecho sobre el mareo, si no hubiera vomitado, incluso estaría un poco decepcionado. Tengo un inconsciente que es muy suyo.
El día se abre por momentos y la luz es excelente pero es difícil encontrar a nadie en un barco tan pequeño. La tripulación está en su puesto o en los camarotes y los científicos también han desaparecido. Les espera un mes con mucho trabajo y aprovechan las primeras horas para relajarse o para padecer en la intimidad los efectos del mareo. Solo faltan dos días hasta el jueves, que llegaremos al Gran Sol. Fran y Paco se reunen en el puente de mando preparando los planes.
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| Paco (izq) y Fran, los dos jefes científicos |
Haremos dragas de pesca en una zona denominada Porcupine. La misión, que se emprende por décimo año consecutivo, se llama de la misma manera. Quiere decir “puerco espín” y es el nombre del barco que hace muchos años hizo la primera prospección en la zona.
Lo del “Gran Sol” me cuenta Paco, uno de los biólogos, de Cádiz por más señas, es porque el fondo marino tiene forma de lenguado. De ahí viene el nombre. “La traducción es muy española –interviene Jose Ramón. En lugar de “Gran Lenguado” se cambió el nombre francés Grand Sole por Gran Sol y se quedaron tan anchos". Ya me extrañaba que el sol picara tan fuerte en esas latitudes.
El mar es el lugar ideal para un crimen perfecto. No quedan testimonios y, por eso, tenemos la ineludible misión de salvarlo. Los estragos por el uso de tecnología punta que detecta los ahora exiguos bancos de peces; la sobreexplotación que ha condenado a desaparecer a las especies más comunes; la devastación del fondo del mar por los abusos de la pesca de arrastre; la impunidad que permite que hasta un ochenta por ciento de los seres vivos capturados se devuelvan muertos al agua por que no se pueden comercializar, nos obliga a movilizarnos para acudir al SOS del mar.



2 comentarios:
Hola Tino. Que interesante está tu diario. Felicidades. La verdad es que gusta recordar aquellos días, que aunque fueron a veces malos, ahora en la distancia solo se ha quedado lo bueno. ¡Yo hasta volvería!. Todo lo que dices del camarote es muy cierto: pequeño, un baño incómodísimo y encima a mi me tocó la cama supletoria... Pero a lo mejor estás de acuerdo en que eso fomentó un gran compañerismo entre Gonzalo, tú y yo.
¡Desde luego! Ya sabes, Rafa, el roce hace el cariño... ¡y qué guapo estás dormido! Un abrazo
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