viernes 30 de abril de 2010

Epílogo - El Viajero Digital

¡ENCHUFADO A LO QUE SEA!

Lo llevaba todo multiplicado por dos. Incluso algunos accesorios por triplicado, como los discos duros. Dos equipos, dos juegos de objetivos, dos de cables… pero un solo cargador de baterías para cada cámara, una D-300 y una M9 que me consiguió con mucho esfuerzo Guillem Calatrava. El cargador de la Nikon, una noche, al conectarlo, emitió un extraño gruñido. Y después se murió para siempre. Uno de mis equipos fotográficos quedaba fuera de servicio en mitad del viaje. Sin baterías no hay fotos. Ahora ya no es como antes que podías comprar una pila en cualquier chiringuito.

Por fortuna eso sucedió el día antes de llegar a Wellington, la capital de Nueva Zelanda, donde encontré un solo cargador, marca “Inca” compatible con las baterías de Nikon, en el comercio más importante de la ciudad. Una amiga llamó a varias tiendas desde Londres hasta que dió con él y consiguió que me lo reservaran. Encima tuve que comprar un conversor porque los enchufes en Nueva Zelanda son especiales. Y todavía gracias que la avería no sucedió en algún lugar remoto. A partir de ahora viajaré también con dos cargadores por equipo. Seré (todavía más) una casa de suministros andante.

Hacía mucho tiempo que no realizaba un viaje largo. Mis últimas referencias fueron sendos encargos para el Geographic, aun con un par de centenares de carretes a cuestas y, como siempre, tan ligero de equipaje como era posible. En aquella ocasión me encargaron un libro sobre Nápoles y el sur de Italia. También es cierto que ahora puedo hacer lo mismo con una cámara, dos objetivos, un disco duro portátil… y los correspondientes cargadores de baterías

He comprobado que mi metodología de viaje ha cambiado sustancialmente. Lo complicado, cuando te mueves con una mochila y un maletín de fotografía por el mundo, es confirmar cuánto vale y cuánto se demoran los desplazamientos desde el hotel hasta las estaciones de bus, trenes y aeropuertos. Una vez controlado este tema el resto es tirar de la madeja y, sobretodo, de la intuición. Por mi experiencia las mejores fotografías se toman en los lugares indicados transversalmente por las guías o, mejor aún, en los que ni siquiera se mencionan. Pero eso seguro que lo sabeis todos.

Como os decía, he llevado conmigo dos cámaras digitales… y media (una Lumix de la primera hornada que anuncié en Sudamérica y que utilizo para grabar en vídeo o tomar algunas fotografías informales como las que ilustran esta entrada). Y además un network y dos discos duros. Por eso ahora me encuentro que selecciono las pensiones, no tanto por su ubicación –que todavía cuenta, y mucho- sino en la medida que tengan internet a la disposición.

Antes, cuando entraba a una habitación, miraba la confortabilidad, las condiciones higiénicas, comprobaba que funcionara el agua caliente, que no diera a una calle ruidosa... Ahora busco desesperadamente enchufes. En muchas modestas guest houses solo tienen uno, y a veces en lugares inverosímiles, de manera que también tuve que hacerme con un adaptador universal de tres salidas en un mercadillo de Changmai para conectar las cargas de baterías y el ordenador a la vez. Trajino una buena colección de adaptadores para las clavijas de cada país.

En ocasiones los desplazamientos son muy largos. Algunas veces el paisaje es monótono y la luz aburrida. En estos casos más vale bajar la cortinilla, abrir Bridge y empezar a introducir los metadatos. Una tarea mucho más fácil ahora, con los recuerdos todavía frescos, que no dentro de varios meses. A veces los campesinos que viajan a mi lado en el autobús me miran como a un marciano. Claro que la mayoría son educados y disimulan.

Cada vez que una tarjeta se llena… descarga en mi disco duro de viaje Nexto Extreme (recomendado por Fran Simó), copia en mi ordenador Asus (recomendado por Marc Sala) desde donde, una vez introducidos los correspondientes metadatos, hago una segunda copia de seguridad en mi Lacie Mini-Disk (recomendado por Ofelia de Pablo).

En resumen, a la que te has dado cuenta, contando que siempre le hechas un vistazo al foco de las fotos y todas esas cosas, transcurren un par de horas largas desde que abres el ordenador… y seguro que me quedo corto. A pesar que a veces he usado un GPS incorporado a la réflex (también recomendado por Fran Simó y Joan Vendrell) localizar el nombre de las calles y otros datos de interés para incorporarlos a la información consume mucho tiempo. No le puedo dar a VIAJAR la latitud y la longitud geográfica para el pie de foto.

También me comunicaba con mi familia a través de Skype –media hora más- leía las guías o algunas entradas por internet para preparar la salida del día siguiente –otros tres cuartos- y me dormía exhausto porque normalmente me levanto antes de las seis para que la salida del sol me encuentre trabajando o en camino hacia alguna parte.

Por lo menos con tanto trabajo he perdido algo de peso. Normalmente, en cada reportaje superior a un mes fuera de casa vuelvo con seis a ocho kilos menos. Un valor añadido a esta vuelta al mundo. Aquí una foto que me hice al salir y abajo otra más reciente. ¡Para que luego digan que fotografiar no requiere ningún esfuerzo!.

¡Ah! Y revisar el correo urgente y dedicarle un buen rato al blog. Antes llegaba a la habitación, tiraba los carretes usados en una bolsa y me tumbaba en la cama. Ya revelaría, editaría y pondría los pies de foto más adelante.

Creo que gozaba más de mi descanso y/o me dedicaba más a tomar fotos. Eran otros tiempos… ahora llego a más gente pero quizás ahora soy menos efectivo. Y me paso la vida haciendo copias de seguridad. En eso, y en otros temas más que ahora no vienen al caso, reconozco que soy un poco neurótico.

Mi agradecimiento más sincero a VIAJAR, a AIR NEW ZEALAND y a todos vosotros por vuestro apoyo durante estos meses de viaje. Ahora, de vuelta a España, confío que nos veremos personalmente la semana próxima en La Palma, junto a los directores de fotografía de National Geographic Magazine y los grandes fotógrafos invitados; o en los talleres confirmados en mi blog de comunicaciones en Pamplona, Valencia, Donosti, Barcelona, Ripollet, Vilafranca del Penedès y, para los que se animen, en los viajes fotográficos en Asia. ¡Gracias por estar ahí!

jueves 29 de abril de 2010

Etapa final con enigma


CIUDAD PRODIGIOSA

Mariano López, el director de VIAJAR, me resumía en unas líneas lo que es esta ciudad, minutos antes de su partida a Shanghai: “Para mí es la capital más viva de Europa, la que más atrae a gente de muchos mundos y muy lejanos. A mí me gusta mucho Londres. He estado varias veces pero nunca más de tres o cuatro días. Algún día estaré una semana y entonces –estoy seguro- me pintaré el pelo de azul. Para pasar inadvertido”.

Me he tomado unos días en Londres para adaptarme al horario europeo habida cuenta que en Los Angeles teníamos ocho horas menos. Después de dos meses de viaje necesito una especie de descompresión, como los buzos que emergen de las profundidades.

Marilyn continúa a mi lado. En el avión de Air New Zealand una de las películas a la carta es “La tentación vive arriba”. Luego encontré en Charing Cross road una galería que vende fotos de la actriz en tres dimensiones por 120 euros.

Mariano me sugiría en su mail otra vuelta al mundo… pero esta vez en Londres. Es una buena idea. Así pues dedico mi tiempo a visitar el gigantesco templo hindú de Swaminaryan (tienen una auténtica obsesión en evitar las fotos) y me desplazo a Oriente Medio en Edgware, a China en Soho, contemplo los canales de Little Venice en Candom y ceno más de una noche en Bangla Desh, en la calle Brick Lane:

Pero en ésta última crónica quiero compartir un hecho singular. Un misterio acorde con los relatos inexplicables a los que los escritores ingleses son tan dados. Comentaba que me gustan muchas cosas de Londres. Una de ellas es que los principales museos son gratuitos. Ayer por la mañana visité el de la Ciencia y el de Historia Natural, situados uno al lado del otro y, justo cuando entraba en la estación de metro de South Kesington para regresar al hotel, me invadió una sensación inexplicable.

Saqué el monedero de mi bolsillo, revisé la calderilla que tenía, aparté una cantidad razonable y me quedé con ella en la mano. Al cabo de pocos minutos, en el pasillo, ví a un músico negro que tocaba una versión con su saxofón de “Noches de Blanco Satén”. Maquinalmente le tiré las monedas en su gorra (¿no me las había preparado?) me dio las gracias, le sonreí... y entonces me fijé que estaba ubicado en un lugar perfecto para una foto.

Le pedí permiso con la mirada porque en aquel momento pasaba un gran flujo de gente y él tocaba con todas sus fuerzas. Me hizo un gesto afirmativo y continuó con su interpretación. Era un rincón perfecto para un músico callejero. Una de estas fotos en que todo coincide aunque no creo que él fuera consciente de donde se había situado.

El hecho inexplicable es que durante estos días he tomado docenas de veces el metro. He coincidido con músicos en casi todas las estaciones, pero jamás había tenido esta sensación. Quiero decir, de tenerlo todo tan a punto, de llevar preparadas incluso unas monedas en la mano, como prediciendo que me harían falta para tomar una foto rápida al cabo de pocos minutos.

Debo añadir que era la primera vez que pasaba por este lugar, de manera que ni siquiera es posible arguir al inconsciente, aquel inconsciente que me despertó en Chiang Mai para presenciar la llegada de los elefantes al trabajo, para justificar esta premonición. Quizás fueron las buenas meigas que me han acompañado afortunadamente todo este viaje. En todo caso, me encanta poner fin a estas crónicas de dos meses por el mundo con un enigma. Hoy regreso a Banyoles. ¡Muchas gracias a todos por vuestra compañía! ¡Ah! Y se admiten hipótesis...


sábado 24 de abril de 2010

Los Angeles

MARILYN HASTA EN LA SOPA

Como siempre, controles especiales para embarcar a los Estados Unidos. Afortunadamente en Rarotonga no se tomaron un cuarto de hora por pasajero revisando el equipaje de mano, como en Barcelona la última vez que volé a Washington. Al final consiguieron que el avión saliera con tres horas de retraso y que los pasajeros perdiéramos todas las conexiones. Temas de la seguridad. Una funcionaria, no obstante, me confiscó un pequeño pintalabios de crema de cacao porque “puede ser peligroso para la tripulación”. Creo que, definitivamente, hemos perdido los papeles...

Una vez resueltos los trámites de aduana tomé el metro para ir a mi hostal, ubicado en Hollywood Boulevard, a pocos metros de donde se celebra la ceremonia de los Oscar. En el vagón me llama la atención un anuncio en español. Caras de niños adorables y debajo la inscripción: “Ámelos, no les dispare”. Luego el texto especifica “Por favor, no descargue la pistola al aire el día de Año Nuevo”. Lo dicho, perdiendo los papeles…

He viajado varias veces a Estados Unidos, la capital del imperio, y siempre tengo la misma sensación. Este país se alimenta de dinero. La confianza del consumidor, como se dice ahora. Sus residuos son una legión de vagabundos que tanto los ves en Nueva York, como en San Francisco o en Los Angeles y tipos con evidentes desequilibrios mentales por todas partes. Imagino que es la presión social, la necesidad de triunfar, de emerger en una sociedad tan competitiva, lo que aparta a los más débiles del camino con la fuerza de un tsunami. En este país has de ser Superman si quieres llegar a alguna parte.

Esta inmensa ciudad está diseñada para recorrerla motorizado y, aún así, los desplazamientos suelen ser largos. La sensación que tengo moviéndome por Los Angeles es que existen buenas aceras, grandes espacios pero muy poca gente para tanto asfalto. Avenidas de cuatro carriles, vacías cuando no es hora punta, que miden kilómetros de extensión… y un servicio de metro y autobús impecable, cómodo, puntual y capaz de llevarte a cualquier destino con agilidad.

Es domingo y tengo la ventaja que es el día que más gente visita Hollywood Boulevard. De manera que al salir del hotel me sumerjo rápidamente en el ambiente. Allí está Jesucristo departiendo amigablemente con un señor disfrazado del abuelo “Kentucky Friend Chiken” y con Michael Jackson. Y los personajes de muchas películas: Batman, Spiderman, Superman, la Superchica, la mujer-gato, el capitán América, la Masa, los piratas del Caribe, el muñeco diabólico, el Zorro, Micky Mouse, Snoopy, Indiana Jones, algunos robots, el malo de la “Guerra de las Galaxias”, la Campanilla de Peter Pan, otra docena de figurantes… y Marilyn. (Nota para los lectores menos avispados: yo soy el de la derecha).

Es tan importante la figura de Marilyn en Los Angeles que varias muchachas se turnan para que no falte ni un momento en Hollywood Boulevard la rubia más famosa del mundo con su sugerente vestido blanco. También los del Museo de Madame Tusseauds trajinan a la calle otra Marilyn de cera para que la gente se fotografíe al lado de ella gratis y, de paso, se animen a visitar las instalaciones. No pasa lo mismo con los figurantes de carne y hueso que esperan, como mínimo, un dólar por hacer poses cutres con los turistas que pescan en el tumulto. Preside mi habitación del hotel, la 35, un retrato de metro y medio de la rubia platino, que decora con buen gusto la pared y me alegra los despertares.

Luego visité la ciudad en transporte público. Un billete para todo el día cuesta poco más de tres euros. Otro anuncio que me llama la atención. Fotografía de una adolescente adorable con otro titular contundente: “YO SÉ” y abajo, con letra más pequeña: “Que la clamidia y gonorrea me pueden causar problemas cuando quiera tener un bebé”. Una tercera sentencia remata el aviso con un cierto tono paternalista: “Que puedes tener clamidia y gonorrea y no saberlo”. Curiosamente estos anuncios están escritos solo en español en una ciudad donde es muy habitual el bilingüismo.

Para comer tiro de “Fresh and Easy” un establecimiento que, por cierto, carece de cajeros. De ahí que sea “easy”. Eliges, facturas tú mismo, pagas y te vas como has venido, aunque un poco más cargado. Por lo que he observado la responsabilidad de la gente en Los Angeles es grande y su honestidad se aprecia también en los transportes públicos. No hay vigilancia y, desde luego, menos picaresca que en nuestra tierra. Hasta los mendigos y las personas con problemas mentales demuestran un respeto por los demás y raras veces son agresivos. Sencillamente, están por ahí. Luego tiro de tópico y me voy a ver como viven los ricos en Santa Monica:

Otra cosa que aprecio de los Estados Unidos son sus grandes museos gratuitos. En Washington necesitas varias jornadas para visitar el legado Smithsonian y, en Los Angeles, me despacho a gusto contemplando exposiciones de fotografía, muchas obras maestras de la pintura y una exposición temporal sobre Leonardo de Vinci...

Pero la cabra siempre tira al monte y me resisto a marchar de Hollywood sin visitar los estudios de la Universal. Como no formaba parte de la plantilla, es el único lugar de los Angeles en donde consigo librarme del espíritu de Marilyn por unas horas… aunque no sé si gano mucho con el cambio. Los símbolos, ahora, son diferentes. ¿Será que hemos perdido los papeles definitivamente?

martes 20 de abril de 2010

Viajes fotográficos a Vietnam, Camboya, Japón y la India


Aunque esta entrada no corresponde a la Vuelta al Mundo Exprés, quería comentaros que este año CLICKDREAMING me ha invitado a participar en sus talleres de fotografía en Vietnam y Camboya (junio); Japón (septiembre) y en el Festival de la luz, el "Diwali", en la India (octubre/noviembre).

Hay muchas cosas que me gusta de esta agencia que acaba de nacer en Madrid. La primera, por descontado, es que sus organizadores son buena gente, enamorados de la fotografía y de los viajes.

La segunda es que además de los destinos que os he adelantado, grandes fotógrafos y docentes con gran experiencia como José Benito Ruíz, Hugo Rodríguez y Albert Masó estarán presentes en otros lugares como China, Tanzania, Estambul o la Toscana este primer año.

Son viajes concebidos para personas que les encanta tomar fotografías... y parejas que no compartan la misma pasión. Quiero decir que, durante el trayecto, se han programado actividades paralelas de ocio y cultura que no obligan a madrugar o aguardar el dichoso instante decisivo. El programa es impecable y está pensado para obtener grandes imágenes y, sobretodo, vivir fantásticas experiencias.

Como escribe Fernando, el director de Clickdreaming el objetivo de esta agencia es "viajar y fotografiar tus sueños". Desde la Polinesia les deseo mucha suerte con esta iniciativa. Viajes de lujo en todos los sentidos de la expresión.

domingo 18 de abril de 2010

Una isla preservada del turismo

RAROTONGA: POLINESIA EN ESTADO PURO

Son las siete de la tarde en Avarua, la capital. Por esos juegos de manos de las zonas horarias marcho de Auckland a mediodía, vuelo cuatro horas y llego a las islas Cook el día anterior a las seis de la tarde. Me separan doce horas de España. Antes era el primero en ir a dormir y ahora he pasado a ser el último.

Aunque aquí no se le recuerda especialmente, el capitán James Cook está considerado un héroe que navegó y colonizó varios archipiélagos en nombre de Su Majestad. Murió en 1779 en Hawai, todavía joven, por una pelea que desató el robo de un bote. Sin quitarle méritos a su heroísmo es curioso rescatar de su biografía un desliz: seis años antes confundió los gritos de desafío de los maoríes con una invitación a desembarcar.

Diez de sus hombres fueron devorados por la reina Charlotte Sound, un nombre bien musical. Con seguridad, los primeros alimentos importados que comería su Majestad de Rarotonga, ricos en mana. Pero estas cosas pasaban con los descubridores. La buena noticia es que ahora las islas llevan el nombre del capitán, en conmemoración por los servicios prestado a su otra Majestad, la de Inglaterra. Aunque no deja de tener su punto que Cook quiera decir “cocinar”…

Rarotonga desde el aire es como una piedra en la inmensidad del Pacífico. Durante el aterrizaje se visualizan todas las cualidades atribuibles a una isla de la Polinesia: atolones, cocoteros, playas inmaculadas, un aeropuerto chiquito de color azul claro y un señor que toca el eukelele, una guitarra diminuta, junto a la cinta de las maletas para amenizar la recogida del equipaje.

La isla no tiene contaminación. Como mucho la que emana de los tubos de escape de las motocicletas. De manera que el cielo está tan estrellado que parece de día. Para compensarlo la luz de mi habitación es exigua y escribo esta crónica casi a ciegas. En un tenderete de carretera cercano –el único, por desgracia- me sirven los calamares más horribles que he probado en mi vida. El perro del restaurante, que parece un San Bernardo de gordo que está, se acerca y me mira como si leyera mis pensamientos. Al final se acaba la ración mientras compro un pastelillo –el único que hay- en el almacén de al lado. Me queda en la boca un gusto azucarado que, combinado con el rebozado recauchutado de los calamares, no se desvanecerá hasta el día siguiente.

A menudo en este tipo de islas las playas hermosas están siempre en el extremo opuesto de donde aterrizas. Para ser sincero éste no es el caso de Rarotonga. Las Cook eran demasiado pequeñitas para interesarle a nadie, de manera que han mantenido incólume el espíritu de la Polinesia y se podría decir que continúan relativamente preservadas de los inconvenientes del turismo masivo. “Todas las playas están bien. Hay treinta y cuatro kilómetros de arena alrededor de la isla, pero mi preferida es Muri. Por eso me instalé en ella” – explica la encargada del complejo de bungalows “Muri Beachcomber”. Sin embargo, a menos de un metro, y de acuerdo con la buena costumbre neozelandesa de facilitar albergues en lugares estratégicos, encuentras el Vara’s House, cinco veces más económico que su vecino y con idéntica ubicación.

Todo lo que se puede hacer en una isla del Pacífico es gratuito. Descansar, bañarse, tomar el sol, caminar, bucear o pescar. En este aspecto solo gastas en gasolina o en autobús. Sin embargo muchas de estas actividades es mejor hacerlas, por lo menos la primera vez, con un guía. Sabine Janneck, por ejemplo, la directora de The Diving Center, que tras cuatro años de experiencia en Playa del Carmen y otros lugares del mundo decidió instalarse en Rarotonga “porque la gente es inmejorable y el lugar está todavía bastante virgen” explica: “lo importante cuando buceas no es ver los peces, si no saber cosas sobre ellos y aumentar de esta manera tu compromiso con el fondo marino”. En media hora por el atolón aprecié más de una treintena de especies distintas. Entre ellas de la foto:

Hacer senderismo y ascender a la punta más alta de la isla, “The Needle Rock” en una hora y media también es gratis, pero se desaconseja hacerlo sin asesoramiento porque la bajada requiere un cierto grado de habilidad y los bosques son grandes y espesos. Yo resbalé y caí en un río con los dos equipos fotográficos encima. Por suerte no era profundo. Sobrevivieron, y me libré de un patatús.

El guía más espectacular que he conocido nunca se llama “Pa” y es natural de Rarotonga. A sus setenta años emprende la marcha con una mochila que lleva alimentos y artículos de emergencia para toda la expedición. Si hay alguna niña pequeña la carga también (al menos eso cuenta) y camina por senderos repletos de piedras y raíces totalmente descalzo. “Hasta hace poco tiempo iba siempre desnudo y la gente se volvía loca tomándome fotografías, pero con la edad las cosas cambian…” Me siento como si visitara la isla de la mano de Pedro Picapiedra o de un Tarzán pasadito, pero en muy buena forma.

La comida elegida para abandonar la Polinesia (a la manera de mi amigo Paco Elvira) es un “Ika Mata”, un marinado de pescado con limón que me ayudó a olvidar definitivamente las hamburguesas. Aunque en Estados Unidos habrá que ver que otra cosa puedo comer a un precio razonable. Mientras esperaba la cena tomé la foto de más abajo, en la playa de Muni. Al final el señor del ikelele también tocó una canción de despedida en el aeropuerto...

jueves 15 de abril de 2010

Nueva Zelanda (II)

ENTRE BALLENAS Y DELFINES

Una ayuda magnífica para viajar por Nueva Zelanda son los centros E-Site, ubicados en las terminales y en los lugares más concurridos. Una combinación de agencia de viaje (aunque no cargan comisión), oficina de información turística y tienda de recuerdos. Sus empleados se encargan de asesorar, hacer la reserva de los hoteles y los medios de transporte si el cliente lo requiere, de manera que es posible entrar en el primero que encuentras, nada más aterrizar en Auckland, y salir con toda la ruta organizada a precios muy interesantes. Una iniciativa encomiable que resuelve la mayor parte de problemas del viaje.

Otra de las cosas que me gustan de este país es la gran cantidad de albergues, relativamente económicos para los precios que imperan, pensados para viajeros que en España se denominan, con un cierto sentido peyorativo, “mochileros”. En Nueva Zelanda se publican guías y prospectos para ellos y también existe una amplia oferta de transporte y alojamiento a buen precio. La razón está clara: ofrecer facilidades a los jóvenes para que salgan y participen de la espléndida naturaleza de su país, sin que valga una excusa alegando motivos económicos. Por esa razón los neozelandeses viajan después tanto por el mundo.

A la derecha de la entrada del Youth Hostal de Wellington, por ejemplo, se indican 100 actividades sin coste. La primera, y más recomendable, es visitar el colosal Museo Te Papa, a solo cinco minutos del albergue. Un recorrido repleto de sorpresas con exposiciones que permiten hacerse una idea muy aproximada de Nueva Zelanda. La flora y la fauna (se exhibe el calamar más grande del mundo, pescado en febrero de 2007), el arte, la naturaleza, la historia, la antropología y muchos otros temas están excelentemente planteados visualmente. Te Papa posee una gran cantidad de presentaciones interactivas y hace falta, por lo menos, una jornada entera para verlo con detalle.

La tarde del domingo la dedico a buscar localizaciones en el Monte Victoria, donde se rodaron escenas de “El Señor de los Anillos”. Algunas tomas muy populares de la primera película se produjeron en Wellington, donde vive su director Peter Jackson. El lunes, temprano, ferry para desplazarme a la Isla Sur.

Esta parte de Nueva Zelanda cumple a la perfección el tópico de los relatos de viaje. Es uno de esos lugares donde cualquiera que ame la naturaleza y aprecie la amabilidad de la gente se iría a vivir con los ojos cerrados. Entro en conversación, tocando el tema, con la chica que vende los billetes de autobús y me contesta “la calidad de vida en Picton no tiene precio”. Lo que sí cuesta poco es mirar por la ventana para saborear todos los paisajes del mundo en un solo trayecto. La belleza del sur en dos horas y media. Pude ver focas, ciervos, caballos, montañas, bosques, volcanes y granjas desperdigadas en un autobús que discurre por parajes escénicos como Okinoi o Half Moon Bay. Y también un anuncio de Coke que se lo dedico a mi amigo Steve Saint John, gran coleccionista de la marca.

A media tarde llegada a Kaikoura, un pueblo de pasado ballenero cuyos habitantes se emplearon tan a fondo que casi las aniquilaron a todas.

Paradójicamente, hoy viven de mirarlas. Siempre había soñado con ver una de cerca. Me gustaron los delfines de cabeza blanca saltando felices en el mar. Todo eso es posible aquí. Los “Whale Watch” zarpan cada media hora en una travesía que dura tres. La empresa garantiza, por lo menos, el encuentro con una ballena de quince a veinte metros de longitud aunque, llegado el momento, no aprecié que nadie descendiera del catamarán con una cinta métrica. Si Amaralinda estuviera aquí...

Última etapa en Christchurch que, como su nombre indica, está repleta de iglesias aunque también es una ciudad muy ajardinada. Solo en Polonia he visto tantos edificios religiosos por metro cuadrado. La diferencia es que están reciclados. Quiero decir que uno entra en una iglesia y dentro puede que sea un pub, una sala de arte, una agencia de viajes o un teatro. Todo menos un lugar de oración. También es la ciudad que conserva los mejores vestigios históricos del país puesto que recibió los primeros colonos europeos a mediados del siglo XIX. Christchurch es una joya engarzada entre los espléndidos paisajes de la Isla Sur.

El último día, en el control de aduanas, topé con la misma aduanera que me había recibido nueve días antes y me abroncó cariñosamente por permanecer tan poco tiempo “en el país más bonito del mundo”.

-“Bueno, al final ¿qué tal Nueva Zelanda?” - inquirió. Le debí contestar algo divertido porque casi sin mirar el pasaporte sonrió y me franqueó el camino a Rarotonda.

domingo 11 de abril de 2010

Nueva Zelanda

ENTRE MAORÍES Y VOLCANES

Llegando al aeropuerto de Auckland pasas el control de pasaportes y la consabida entrevista en la aduana, un legado británico, para detallar los motivos de tu viaje. La muchacha miró cuidadosamente mis documentos y preguntó algo que no me esperaba: “Mr. Soriano, hace seis semanas que salió de su casa… ¿Y solo le dedicará nueve días al país más bonito del mundo?” Después de diez horas y media de viaje no estaba yo para explicaciones. Mascullé alguna cosa sobre la revista VIAJAR, le dije no se qué de Air New Zealand y de la vuelta al mundo y, de lo que sí me acuerdo, es que le prometí que volvería más tiempo.

Nueva Zelanda es paz, orden, calidad de vida. Los Kiwis, como se denominan sus habitantes, se mueven bajo las premisas de la cordialidad, la cortesía, el respeto a los demás y el gusto por la naturaleza y las tradiciones. Es un pueblo avanzado que en 1893 fue el primero en reconocer el sufragio femenino. “Una persona, un voto”.

La mascota de los neozelandeses es el Kiwi, un ave que estuvo a punto de desaparecer por confiar en el ser humano (no tenía depredadores antes de su llegada) y que ahora está protegida como símbolo nacional. Nueva Zelanda no solo es un país en el que los carteles te ruegan que no alteres a los pájaros sino que, por lo menos en el lago Rotorua, las gaviotas y otras aves apenas se inmutan con la presencia humana. Si te acercas para observarlas o tomar una foto, un par o tres vuelan alertándote con sus graznidos de que tu conducta no es la correcta. Unos policías amables, al estilo de los que patrullan la ciudad y saludan a los adolescentes por su nombre.

Rotorua es el corazón de la Isla Norte. Alejada del bullicio tranquilo de Auckland esta ciudad es tan calmosa como los balnearios a los que debe su fama. Es una zona volcánica rodeada de parajes apocalípticos que ofrece la oportunidad de profundizar, no solo en las entrañas de la tierra, sino también en la de los neozelandeses y en el legado maorí.

Este pueblo, que fue el primero en asentarse en las islas, basa su comportamiento en el respeto a la naturaleza y en el atesoramiento de “mana”, una virtud que puede adquirirse por herencia, pero también por méritos en la comunidad, por una oratoria brillante, por sabiduría o, en la batalla, zampándose a los enemigos y, con ello, su mana.

Los hábitos guerreros de los maoríes se escenifican en una cuidada y teatral ceremonia, la "haka" (interpretada antes de los partidos por el equipo de rugby de Nueva Zelanda, los “All Blacks”) que culmina mostrando la legua al enemigo y abriendo los ojos desorbitadamente para mostrar ferocidad, atemorizarle y, después, por descontado, pasar al ataque, ya que con los dos primeras acciones no está claro que huya. Una acción que se llama "Pukana".

Aunque profundizar en la cultura maorí nos llevaría a capítulos mucho más trascendentes, en la actualidad, estos rituales guerreros, salpicados de bellas melodías y danzas ejecutadas con resonancia y habilidad, son la base de espectáculos bien organizados. La atracción más carismática de Rotorua es el geiser “Pohutu” que significa “Gran erupción”. Se encuentra en el recinto “Te Puia”, un parque volcánico a tres kilómetros al sur de Fenton Street, la calle principal. Los caprichos del viento cambian la dirección del humo de “Pohutu” y, con ello, el aspecto del paisaje. Me regalo una hora en contemplarlo, absorto, mientras fotografío las palpitaciones del geiser…

Luego voy a ver la actuación que los maoríes realizan en el Marae, su recinto sagrado de reunión. Una exhibición de folclore en la que el público participa activamente. Quizás demasiado...

Tanto me gustó el geiser que lo visité una vez más, ahora por la noche. La magia del emplazamiento la resumió perfectamente Bryan Hughes, el director de otro parque termal, el “Hell Gate” (La puerta del infierno): “Existen tres lugares en el mundo donde ver géiseres. En Yellowstone están muy alejados entre sí; en Islandia hay que moverse en helicóptero y aquí los tenemos a un tiro de piedra”.

En nuestras antípodas se lo montan muy bien… aparte de los goles del mundialmente famoso Messi la única noticia que aparece publicada sobre nuestro país es el procesamiento a Baltasar Garzón. Los neozeandeses no dan crédito que el juez que metió en vereda a Pinochet esté siendo juzgado por sus colegas. Un “pukana” se merecen los añorados del franquismo desde, nunca mejor dicho, las antípodas de España. Los volcanes, por lo menos, aquí están a la vista de todos. No en las cavernas.