Soñaba con visitar Luang Prabang. Como un Eldorado cualquiera, todos los viajeros con cierta experiencia asiática me lo habían recomendado. Valió la pena sobreponerse a catorce horas sentado en un autobús VIP que hacía un flaco honor a su nombre: asientos reclinable rotos en los que era imposible acomodar la espalda, un compañero de viaje que no se desprendió de sus Ray Ban ahumadas ni de noche y que lo primero que me espetó es que odiaba a Obama y adoraba a Bush y a los de la Asociación del Rifle, unas jovencitas que se pasaron el viaje vomitando en la fila de atrás, un lavabo al que no se podía acceder porque habían
más pasajeros que asientos (un tema que resolvieron colocando sillas de plástico en el pasillo para acomodar sobretodo a los sufridos laosianos, como se ve en la foto) catorce horas de viaje con una sola parada para cenar en un lugar infecto, dos pinchazos, una avería descontrolada y una carretera que dudo si Carlos Sainz se atrevería con ella. Fuera, malaria resistente a la medicación preventiva...
El clima está cambiando de tal manera que ni siquiera el Mekong es navegable a pesar que Bush sostenga que son mariconadas de ecologistas, lo que le hacía notar a mi vecino neocon cada vez que se quejaba del olor a vómitos. También los chinos hacen con sus pantanos lo que les da la gana y luego recibe las consecuencias el vecino de abajo, es decir, Laos. Por eso no hubo más remedio que tomar ese autobús. Además por primera vez en tres semanas llovió. Justo cuando llegamos a Luang Prabang, la perla de Asia, la urbe budista por excelencia, el Patrimonio de la Unesco… caían chuzos de punta. ¡Ahí era nada! Los hados no parecían propicios pero, como siempre, el azar se encargó de resolver los pequeños detalles.
Me había imaginado esta ciudad, situada a orillas del río, activa como todos los puertos fluviales, colorista como los grandes mercados asiáticos, febril como le corresponde a la segunda ciudad de Laos, con una luz especial que invitaría a sus habitantes a contemplar los atardeceres plácidamente sentados en los muelles. No acerté ni una. Luang Prabang es tranquila, con una paleta de colores pasteles al estilo francés, aires provincianos y, por lo menos estos días, dotada de una neblina permanente que intensificó más su misterio, aunque diluyera cualquier contraste visual.
Al amanecer, todos los días, cientos de monjes acuden en comitiva para recoger las ofrendas de los feligreses. Éste será su alimento durante la jornada. Lo que la voluntad de sus congéneres decida. Un examen diario sencillo, libre, democrático, en el que el pueblo puede premiarles o castigarles de acuerdo con sus actos. Uno se pregunta si nuestros mandatarios religiosos estarían tan cebados si aplicáramos este singular método en el cristianismo.
Luang Prabang es, sobretodo, una ciudad espolvoreada de azafrán. Muchachos de familias humildes que no pueden costearse sus estudios acuden, con túnica y sandalias, a escuchar las enseñanzas de Buda. Y de paso adquieren rudimentos de matemáticas, inglés, geografía y gramática. Una urbe religiosa que no cae en el dramatismo de Benarés, el pragmatismo de La Meca o el populismo de Santiago de Compostela. El silencio, la meditación, el respeto hacia todo ser viviente (incluidos los impresentables que interrumpen sus oraciones a toque de flash) y la simpatía y afabilidad de sus habitantes es la razón por la que todos los viajeros apuntan a Luang Prabang como un destino soñado. La niebla, para aderezarlo, impregnó las imágenes de melancolía. Y la lluvia apareció una vez más.











Creo que el inconsciente gobierna el 90% de nuestros actos. Por eso cuando fotografío me dejo llevar siempre por sus caprichos. Es lo que denominamos intuición. El diez por ciento de nuestro cerebro que razona no tiene tiempo de procesar detalles que, en cambio, capta perfectamente el inconsciente. Podría explicaros muchos ejemplos personales, pero el de esta mañana ya valdrá.








