viernes 26 de marzo de 2010

La ciudad de los monjes

AL NIRVANA POR EL PURGATORIO

Soñaba con visitar Luang Prabang. Como un Eldorado cualquiera, todos los viajeros con cierta experiencia asiática me lo habían recomendado. Valió la pena sobreponerse a catorce horas sentado en un autobús VIP que hacía un flaco honor a su nombre: asientos reclinable rotos en los que era imposible acomodar la espalda, un compañero de viaje que no se desprendió de sus Ray Ban ahumadas ni de noche y que lo primero que me espetó es que odiaba a Obama y adoraba a Bush y a los de la Asociación del Rifle, unas jovencitas que se pasaron el viaje vomitando en la fila de atrás, un lavabo al que no se podía acceder porque habían más pasajeros que asientos (un tema que resolvieron colocando sillas de plástico en el pasillo para acomodar sobretodo a los sufridos laosianos, como se ve en la foto) catorce horas de viaje con una sola parada para cenar en un lugar infecto, dos pinchazos, una avería descontrolada y una carretera que dudo si Carlos Sainz se atrevería con ella. Fuera, malaria resistente a la medicación preventiva...

El clima está cambiando de tal manera que ni siquiera el Mekong es navegable a pesar que Bush sostenga que son mariconadas de ecologistas, lo que le hacía notar a mi vecino neocon cada vez que se quejaba del olor a vómitos. También los chinos hacen con sus pantanos lo que les da la gana y luego recibe las consecuencias el vecino de abajo, es decir, Laos. Por eso no hubo más remedio que tomar ese autobús. Además por primera vez en tres semanas llovió. Justo cuando llegamos a Luang Prabang, la perla de Asia, la urbe budista por excelencia, el Patrimonio de la Unesco… caían chuzos de punta. ¡Ahí era nada! Los hados no parecían propicios pero, como siempre, el azar se encargó de resolver los pequeños detalles.

Me había imaginado esta ciudad, situada a orillas del río, activa como todos los puertos fluviales, colorista como los grandes mercados asiáticos, febril como le corresponde a la segunda ciudad de Laos, con una luz especial que invitaría a sus habitantes a contemplar los atardeceres plácidamente sentados en los muelles. No acerté ni una. Luang Prabang es tranquila, con una paleta de colores pasteles al estilo francés, aires provincianos y, por lo menos estos días, dotada de una neblina permanente que intensificó más su misterio, aunque diluyera cualquier contraste visual.

Al amanecer, todos los días, cientos de monjes acuden en comitiva para recoger las ofrendas de los feligreses. Éste será su alimento durante la jornada. Lo que la voluntad de sus congéneres decida. Un examen diario sencillo, libre, democrático, en el que el pueblo puede premiarles o castigarles de acuerdo con sus actos. Uno se pregunta si nuestros mandatarios religiosos estarían tan cebados si aplicáramos este singular método en el cristianismo.

Luang Prabang es, sobretodo, una ciudad espolvoreada de azafrán. Muchachos de familias humildes que no pueden costearse sus estudios acuden, con túnica y sandalias, a escuchar las enseñanzas de Buda. Y de paso adquieren rudimentos de matemáticas, inglés, geografía y gramática. Una urbe religiosa que no cae en el dramatismo de Benarés, el pragmatismo de La Meca o el populismo de Santiago de Compostela. El silencio, la meditación, el respeto hacia todo ser viviente (incluidos los impresentables que interrumpen sus oraciones a toque de flash) y la simpatía y afabilidad de sus habitantes es la razón por la que todos los viajeros apuntan a Luang Prabang como un destino soñado. La niebla, para aderezarlo, impregnó las imágenes de melancolía. Y la lluvia apareció una vez más.

sábado 20 de marzo de 2010

Cuatro Budas y un Funeral

¿LE IMPORTARÍA REZAR UN POCO?

Pues señor… no sé qué me llevó a Thaton. Quizás los cuatro Budas gigantes sobre las colinas que la circundan, o las fotos del embarcadero, o la posibilidad de partir hacia Chan Rai navegando por el río Me Kok. No lo sé, repito, pero el caso es que estaba allí. Era noche cerrada cuando me dirigí al otro lado del puente en busca del único ciber. Entonces escuché las detonaciones.

No soy un héroe pero, tratándose del Triángulo del Oro, y como había oído que a veces hay escaramuzas entre el ejército tailandés, sus homónimos birmanos y los traficantes de droga, no le dí demasiada importancia. Continúe hasta el ciber y le pregunté al inglés que lo regentaba (hay un montón de ingleses en Tailandia y todos tienen una cosa en común: novias que podrían ser sus nietas) si eran cohetes, misiles, disparos… Me contestó que probablemente serían “fireworks” (fuegos artificiales), pero el caso es que yo no había visto ninguna palmera de colores rompiendo la noche. Ni siquiera una triste bengala.

Al día siguiente, esperando la hora del embarque a mediodía y como el calor acuciaba, decidí trabajar un par de horas con el ordenador en la Guest House tras haber madrugado como siempre, aunque sin obtener fotos memorables. De repente volví a escuchar las detonaciones, distinguí una nube de humo, y se me ocurrió echarle un vistazo a lo que fuera. Insisto. No es valentía. Eran ganas de redimirme con alguna foto mejor. Cuando llegué, una nueva salva me sorprendió. Efectivamente no eran fuegos artificiales. Se trataba de lo que en España llamamos una traca (intraducible en mi inglés de supervivencia y me imagino que en el inglés del inglés).

Ahí estaban, reunidas, unas cien personas bajo un gran toldo. Tres grandes cerdos yacían depilados y chamuscados, a punto de cocina, junto a la multitud. También un cabrito (no, no era yo) varias ofrendas de fruta, algunos billetes sueltos, mucha bebida… ¡ya está! ¡Una boda! Como el que no quiere la cosa, me dejé “pescar”. Estrategia que consiste en pasear despistado, hombre-anzuelo, cámara en el cuello incluida, a ver si alguien “pica” y te invita. Pronto uno de los comensales me hizo señas.

Buenos días! –comenté al sentarme a su lado- ¿una boda?

El hombre contestó una sola palabra en inglés: “Death” (muerte).

Se trataba de un funeral. Chino para más señas. Los alegados iban vestidos de blanco, que es el color de luto en estas lindes. De repente una chica –la única con la que pude comunicarme de todo el grupo- me explicó que su tío había muerto hacía dos días y aquella fiesta –por llamarle de alguna manera desde nuestro punto de vista- era en su honor. Todavía se prolongaría una jornada más. A continuación me invitó a rezar por él.

En primer lugar consideré que sería más conveniente preguntar el nombre del finado y, de paso, su oficio. Se llamaba de una manera impronunciable pero entendí que era conductor. Una vez hecha la introducción me puse de rodillas, uní las dos manos y empecé a simular que recitaba una plegaria, o quizás recé de verdad, a la manera que he visto hacerlo a los monjes budistas. Incluso de vez en cuando me tocaba la barba para darle más prosapia al momento.

Mientras me entretenía mirando las coloristas ofrendas del ataúd reparé por el rabillo del ojo que todo el mundo se había arrodillado y rezaba a mi lado. ¡Qué dilema! ¿Cuánto rato duran las oraciones aquí? – me pregunté. Si me levanto muy pronto, igual se lo toman a mal. Si estoy mucho rato, quizás tampoco es lo correcto. Y encima el fotógrafo de la ceremonia, chino como los demás asistentes excepto yo, o sea, el anzuelo, no paraba de hacerme fotos.

Me levanté cuando empezaron a dolerme las rodillas, di mi condolencia a la viuda, que estaba incluso de buen humor, y empecé a tomar fotos aprovechando que había otro fotógrafo oficial, tras confirmar que no le llamaban la atención. La gente me sonreía, me daban las gracias y yo seguí con lo mío hasta que me dijeron que era la hora de comer. ¡Pero si son las diez de la mañana! – protesté. En vano. No hubo nada que hacer. Me arrastraron a una mesa y el señor de al lado, que debía encontrar la mar de divertido tener un turista que no se enteraba de nada y miraba con cara de susto la cantidad ingente de comida que le traían, no hacía más que llenarme el plato de cosas que yo engullí sin preguntar, con el estómago todavía digiriendo el almuerzo del día. Le pedí al fotógrafo que tomara una imagen con mi cámara.

Al final me escabullí como pude y después de agradecer a mis anfitriones su atención salí zumbando a tomar la barca que me llevó cuatro horas por el río Mekak. Un paseo maravilloso que, como la luz estaba alta, lo disfruté y no tomé ninguna foto. Ni siquiera a los elefantes que pacían tranquilamente junto a los búfalos en la orilla. Ya iba servido de paquidermos.

martes 16 de marzo de 2010

Dilema para un fotógrafo

MUJERES PADONG, OTRO CONCEPTO DE BELLEZA

Nu Ji coqueteó con los labios en el espejo e inconscientemente, antes de posar, le dio una palmadita a las agujas que le sujetaban el pelo. Lo que la diferenciaba de las otras mujeres del planeta es que su cuello mide lo mismo que su mano y está recubierto por anillos. Esta mujer Padong, perteneciente al grupo de los Karen de Myanmar, es una refugiada política en Tailandia. La razón por la que se atrofia el cuello y lo forra con refulgentes dorados es porque se encuentra bella. Pero de otros aspectos de su vida podríamos hablar largo y tendido.

Reprimidos con crueldad y con dureza por la junta militar birmana las condiciones de vida de los Karen es lo más parecido a un parque zoológico. Se instalaron en el norte de Tailandia en la década de 1950 (aunque llevan más de 3 siglos viviendo allí) pero, por su potencial turístico, el gobierno las confina en aldeas de donde en contadas ocasiones pueden salir. Si no tuvieran ese aspecto tan peculiar tampoco dispondrían de más libertad de movimiento. De hecho otras miles de mujeres que viven en los campos de refugiados no llevan anillos y no pueden desplazarse libremente por el país que las acogió por que carecen de carnet de identidad.

Aunque las mujeres Padong son un reclamo para el turismo étnico del que se aprovecha toda la industria turística tailandesa, a ellas solo les queda lo que ganan de las cuatro chucherías que consiguen vender a los visitantes a cambio de posar maquinalmente para la obligada fotografía. Algunas me confesaron que vivían más tranquilas en estos campos que no en Birmania. La muchacha que lleva el dispensario matizó “para padecer la existencia de emigrados de última categoría en Estados Unidos que algunos de mis parientes me cuentan, no estoy tan mal aquí”.

Yo había recorrido en un bus local los 350 kilómetros entre Chan Mai y Mae Hong. Ocho horas y media, cuatro ventiladores que la mayoría del tiempo estuvieron inactivos, y respirando constantemente el polvo que se filtraba por las ventanas. Mi objetivo principal era el monasterio de Wat Chong Klang, pero las mujeres Padong estaban cerca, a menos de una hora de ruta. Una tentación difícil de evitar para un fotógrafo. La curiosidad me llevó a “Baam Nai Soi Temporary Shelter Area” y pasé algunas horas departiendo con ellas.


Estas mujeres han expresado ancestralmente la belleza de esta manera. Se gustan así, resaltando sus facciones sobre un pedestal de anillos dorados, y les encanta que las admiren. Su esfuerzo les cuesta mantener este aspecto envarado que recuerda al caminar de una jirafa. Por eso no ponen demasiados reparos para posar; a pesar que siempre aparece el/la turista imbécil que se introduce en sus cabañas o en la escuela para fotografiarlas sin ningún respeto.

Y aquí está el dilema. Si vas, favoreces la política de confinamiento y abuso del gobierno tailandés. Pero, si te acercas, también puedes intercambiar fotos por artesanía, de manera que te aseguras que les llega tu pequeña aportación, que a la postre es lo único con lo que pueden contar para su día a día. Y, por descontado, te conviertes en espectador privilegiado de una tradición única en el mundo. ¿Qué hacer, pues?

No acabé con la historia del principio. La muchacha se miró por última vez en el espejo, ordenó con exquisita suavidad los anillos de su cuello con los dedos y posó sonriente para el visitante, que le hacía señas para indicarle en qué ángulo situarse. Celebraba con grandes carcajadas cada ocasión en que el fotógrafo le mostraba el retrato, congelado en el respaldo de la cámara. Pero entonces sucedió lo imprevisto. Su hijo reclamó la atención. Nu Ji, como cualquier madre, se olvidó del mundo para dedicarle todo su amor al niño... que aprovechó ese efímero instante de gloria y le metió los dedos en los ojos sin contemplaciones.

Si queréis interesados por las mujeres Padong o por otras etnias de refugiados, podéis contactar con ICRA (International Commission for the Rights of the Aboriginal People).

sábado 13 de marzo de 2010

Chian Dao Elephant Camp

UN AMANECER AFORTUNADO

Creo que el inconsciente gobierna el 90% de nuestros actos. Por eso cuando fotografío me dejo llevar siempre por sus caprichos. Es lo que denominamos intuición. El diez por ciento de nuestro cerebro que razona no tiene tiempo de procesar detalles que, en cambio, capta perfectamente el inconsciente. Podría explicaros muchos ejemplos personales, pero el de esta mañana ya valdrá.

Me he despertado sin ayuda de ningún artilugio, me he duchado, he recogido el equipo y he salido a la calle. Enseguida he encontrado un taxi colectivo al que le iba bien llevarme a la estación de autobuses. Los mercados estaban llenos de vida y las mujeres exhibían suculenta comida caliente preparada para consumir en el acto. Al llegar a la estación he mirado el reloj y… eran las cuatro y media de la mañana.

Salimos pasadas las cinco. En una hora –sin tráfico- el autobús recorrió los 50 quilómetros entre Chian Mai y el Centro de Entrenamiento de Elefantes de Chian Dao. En un momento determinado el conductor que, por cierto, cada vez que pasábamos por delante de un centro budista dejaba el volante y enviaba una oración juntando las dos manos, pronunció la frase que más temía yo en esos momentos: “aquí es”. En el siguiente acto imaginarme en la nada, rodeado de una noche negra como el tizón, en el bosque, en manga corta y en zona de malaria. ¡Manda huevos!

Como acontece siempre en estos casos una figura apareció de no sé dónde para anunciar que el centro no abriría sus puertas hasta pasadas un par de horas. ¡Maldita mi suerte! ¿En que estaría yo pensando tanto madrugar…? La buena noticia fue que me comentó que como estamos en la estación seca los anófeles están más calmados.

De repente un amanecer entre ligeras brumas anunció el nuevo día. En pocos segundos se hizo la luz y el espectáculo lo puso la naturaleza. Ya se sabe, los ruidos de la selva con los primeros rayos del sol, la calina insinuando los perfiles de las colinas lejanas, el sonido de un río más abajo… pero la sorpresa fue ¡que los trabajadores del centro iban a trabajar a lomos de su propio elefante!

Aquí estaban las imágenes que buscaba; mucho mejor que el espectáculo que un par de horas más tarde se organiza para los turistas que, además, llegaron tarde y se perdieron el baño de los elefantes en el río. Y que conste que en este centro, aparte de alguna pequeña broma para ganarse al público a cargo de algún paquidermo más cachondo, no les obligan a hacer números cirquenses. Lo que se muestra es la tradición campesina de esta zona de Asia: como se adiestraba a los elefantes para que recogieran la madera.

En Tailandia hay unos 2000 elefantes salvajes más otros 3000 que vamos a llamarles domésticos. Como cada uno consume 50.000 kilos de comida al año, quieras o no, se te dispara el presupuesto cuando mantienes un paquidermo en casa. Un elefante vale 400.000 dólares y come cada día por valor de 250 €. De momento han sido sustituidos por tractores pero, al precio que está la gasolina, ya veremos qué pasa en el futuro. Igual ésto:

El milagro de todos los días -que decía Robert Capa- la suerte en el maletín -que proclama Elliot Erwitt- o si queréis mi punto de vista, el inconsciente al que hay que creer a pie juntillas, posiblemente decididió, mientras la parte consciente de mi cerebro dormía, que si madrugaba sería testimonio de ese (o cualquier otro) imprevisto. En el fondo es lo que siempre andas buscando, sorprenderte y sorprender.

Mi aliado el inconsciente, no sólo me ha despertado a las cuatro, si no que ha optado, además, por desactivar el acto reflejo de mirar inconscientemente el reloj a pesar que aquella noche había ido a dormir pasadas las doce. Algo que me sucede por llevar el network de viaje…

martes 9 de marzo de 2010

La rebelión de los insectos

EN UNO DE LOS MERCADOS MÁS BELLOS DEL MUNDO

De repente las moscas, las mosquitas o incluso algún que otro zancudo, de los que se apuntan a todos los fregados, declararon la guerra a los humanos. Y eligieron para el ataque el lugar donde la gente estaba más confiada. Invadieron el Mercado Dominical de Chiangmai. Dice mucho de sus características el hecho de que los visitantes no tengan que preocuparse de los hurtos. El orden, la limpieza y el buen rollo de los vendedores, que ni agobian ni se niegan a que les tomen fotos, es ejemplar.

Lo leí en la Guía del Trotamundos y como era domingo y yo andaba dentro de un autobús protegido por el aire acondicionado, no me moví de mi asiento hasta que comprobé que la totalidad de los pasajeros bajaba. Intuí que habíamos llegado. El alfabeto tailandés es incomprensible. El problema es que hay pocas indicaciones en el nuestro y te pasas la vida mirando letreros como si tuvieras un grabado etrusco delante. Por suerte los tailandeses son extraordinariamente comunicativos si les preguntas. El problema se agrava si tu interlocutor solo habla su propia lengua, que es tan enrevesada como su alfabeto.

El mercado de Chiangmai era magnífico. ¿Qué estás cansado? No problem!. Miras a derecha e izquierda y allí tienes ofertas de una hora de masajes a partir de 2 euros y un poco más. ¿Tienes hambre? Más de lo mismo: chiringuitos repletos de delicatessen ofrecen, a 25 céntimos, pinchos de carne con un toque de miel, piña y cebolla. Estupendos. O un combinado de sepia y pulpo a la plancha que también debía ser excelente… pero se me olvidó preguntar si la salsa era picante ¡y a fe que lo era! Y luego los objetos en venta. Atractivos, originales, económicos y bonitos. Un diez en artesanía y una tentación tras otra –y hay cientos, quizás miles de puestos callejeros- para compradores compulsivos.

El mercado invade incluso los templos budistas pero en ningún momento es caótico. Todo está perfectamente ordenado y, cada cincuenta metros, te encuentras o un lugar para hacer ofrendas o una troupe de artistas actuando. La mayoría son ciegos y, quizás por eso, cantan y tocan diferentes instrumentos con una sensibilidad excepcional. Cada melodía es una bendición. El acompañamiento perfecto para un agradable paseo mientras el calor se apacigua con el anochecer.

A lo que iba. Todo iba sobre ruedas hasta que pasado el crepúsculo millones de insectos se pusieron de acuerdo y empezaron su ataque. No picaban pero, en su locura colectiva, invadían pelos, cuellos y los ojos de los vendedores y de los turistas. Se metían por debajo de las camisetas. Un alemán preguntó si esa invasión sucedía a menudo y su interlocutora, una anciana de aspecto oriental y venerable, le contestó de una manera que no dejó claro si decía sí o no. Cruce gallego-tailandés. Por suerte, al cabo de unos minutos, los insectos se batieron en retirada y todo volvió a la normalidad. Y ya no volvieron. Pero tuve tiempo de tomar una foto (varios efectivos enemigos intentaron evitarlo) para que la invasión no quedara en una anécdota. No son fideos, ni un árbol frondoso. Era la vanguardia atacante. Lo juro.




domingo 7 de marzo de 2010

Haciendo amigos

EN EL CORAZÓN DE TAILANDIA

Hace un calor sofocante. Cuarenta grados y un elevado índice de humedad. Mientras tomo algunas fotos las bailarinas me traen vasos de agua. Tanta transpiración, no obstante, es normal. Siempre sudo cuando estoy concentrado a la búsqueda de imágenes. El momento decisivo tiene su intrínculis. Y también canto. Aunque para mí, claro. Curiosamente acostumbro a tatarear melodías locales o que vienen a cuento con el ambiente, aunque no siempre soy consciente de que canto hasta que llevo un buen rato haciéndolo. Por ejemplo, en Madrid, apretaba el disparador a toque de chotis. Aquí en Tailandia es más complicado fotografiar al ritmo de la música asiática. Durante el espectáculo las bailarinas movían rítmicamente su cuerpo al ritmo de acordes (¿?) espaciados y muy concretos. En cada ocasión que suena una nota, la coreografía ha cambiado de manera sustancial.

Después del caos inicial de Bangkok, la alegría de recuperar los recuerdos de Asia. La vida contemplativa, las inacabables sonrisas sin esperar dólares a cambio, la resignación del pequeño comercio, el regateo, el placer de comer algo en el mercado tentado por el hambre sin atreverte a preguntar qué es. Otra sensación que he recuperado es el tiempo. Marchar a la estación de autobuses con el conencimiento que vas a salir, pero sin saber cuando. ¿Qué importa? Buda provee en estos lares.

El primer sábado de cada mes organizan un festival de luz y color en la Ciudad Antigua de Sukhethai, patrimonio mundial de la Unesco desde 1991. No lo sabía. pero me vino que ni pintado para uno de mis proyectos. La suerte –como me enseñó Elliot Erwitt- hay que cargarla también en el maletín. Por lo tanto emprendí viaje al atardecer en tuc-tuc, sin plantearme demasiado como resolvería los 12 kilómetros de vuelta.

Valió la pena la apuesta. Al final, un francés que viajaba en furgoneta, con chófer y en compañía de una tailandesa tan guapa como discreta, me acompañó al hotel. Luego cené en el “Night Market” y celebré con una cerveza fría las fotografías de las bailarinas. Adoro tomar imágenes entre bastidores. Cuando acabó la función todas me saludaron con simpatía. Habíamos pasado un buen rato juntos aunque, ahora que lo pienso, quizás traspiré más de la cuenta. No es tan extraño...

miércoles 3 de marzo de 2010

Pregunta para expertos


UN PROBLEMA CON BLOGSPOT Y UN TOQUE FILOSÓFICO

Antetodo quería compartir con todos una convicción. La fotografía es emoción. De repente, apareció la embarcación en la oscuridad y solo pude tomar dos disparos. El primero salió movido, pero al segundo intento la clavé, a pesar que era casi de noche.

Pero entonces me apercibí que otras personas estaban disfrutando del anochecer y no necesitaban cámara para ello; lo que no solo tiene harto mérito hoy en día sino que es una actitud encomiable. Claro, las fotografié. Compartíamos aquel momento mágico.

Viajé por primera vez a Asia hace ya 30 años. Recuerdo que lo que más me impactó fue comprobar como la gente se reunía a las afueras de los pueblos a ver como se ponía el sol. Era un momento para charlar juntos, para encontrarse, para disfrutar de las cosas que valen verdaderamente la pena. Son gratuítas.

Y ahora mi problema. Desde hace tiempo no puedo arrastrar las fotos que bajo del disco duro para ilustrar mis entradas, como lo hacía sin dificultad al principio. Me sale un signo como de prohibición y no me queda otro remedio que ir a la edición de HTML, "cortar" el párrafo de texto que corresponde a la foto y pegarlo después donde me interesa. Me pasa en todos los ordenadores y es un coñazo. Tampoco se me activa el cortar y pegar en la opción normal de "Redactar". Solo en HTML. ¿Alguien se ha encontrado con un problema similar?

Y esperar que un día os explique como, desde que instalé Windows 7 mi ordenador se "come" carpetas enteras de fotografías que luego aparecen como archivos prácticamente irrecuperables en CHKDISK o deja de reconocerme de dos en dos los discos duros y no me queda otro remedio que formatearlos... pero eso ya es otra guerra. Sí! Ya sé que Word Press y el Mac son mejores... pero tengo razones poderosas para seguir con mis PC.

Como os decía ¡qué bonito es disfrutar del declive del día! Con cámara o sin ella... con problemas informáticos o sin ellos.

lunes 1 de marzo de 2010

La otra cara de la crisis

NOTICIAS DESDE OTRO PLANETA

Algunos proyectos recientes me han llevado a Estambul, Estados Unidos, Chile y ahora Hong Kong. E insisto que el ritmo que he percibido en estos lugares es bien diferente de la tristeza, el desánimo, el temor, la repetición hasta la saciedad de la palabra crisis por parte de todos los poderes y el hastío que han conseguido contagiarnos esos ineptos que, en lugar de ponerse de acuerdo y buscar soluciones, aprovechan la más mínima para tirarse los trastos y barrer para su electorado. Si no saben arreglar las cosas, que dimitan. Un moto masivo en blanco haría falta para demostrar lo hartitos que estamos de esa purria.

Y es que aquí, en Hong Kong, mis impresiones como obsevador son inmejorables. Hay libertad de horarios y los comercios suelen estar casi siempre abiertos. Por descontado que eso va contra la armonía familiar -ya que alguien tiene que estar tras el mostrador- pero por otra parte la gente compra y compra (luego no sé donde meten tantas cosas porque los apartamentos son minúsculos) y podría decirse en términos económicos que se respira a borbotones la confianza del consumidor. El dinero corre y la economía de los chinos está en las antípodas de la de nuestro denostado reino.

Volviendo a mi tema, nunca había visto tantos fotógrafos juntos. Obviamente en Hong Kong tienen buenos precios y, como buen acólito, me dirigí a la calle Say Yeung Chot a visitar algunas reputadas tiendas de fotografía y otras minucias. Una que tiene buena fama es Wing Shing Photo y, como podéis ver, dentro no cabía un alfiler.

Bueno, pues no contentos con tener el comercio a tope, la estrategia consiste en situar unas cuantas modelos a la puerta con las que atraer aficionados que toman fotos, y fotos, y fotos... y observan que a su vecino les salen mejor porque tienen la última chorrada del mercado... y ¡hala! ¡A la tienda a comprarla!.

Una escena china entrañable: papá tiburón velando por sus pececitos. Pero en suma, una lección de mercadotecnia para subir los ánimos.

Los chinos se han puesto las pilas y ya querría Nueva York tener la limpeza, la seguridad, el orden, la armonía y el buen funcionamiento de los servicios, a tenor de lo visto estos días en Hong Kong. Desde otro planeta, huele a cambio de potencia mundial.

Por descontado que en todos los países mencionados también hay gente que lo pasa mal, pero corren otros aires en esas sociedades donde no se come tanto chorizo. Ese olor tan característico de España.

Entiendo, no obstante, que las feministas en China tendrían algo que decir... claro que, cualquier día de éstos, en las casas de lencería fina igual me ponen tiarros calcados a Bruce Lee, que era de la zona y se le tiene cierto aprecio.