Pues señor… no sé qué me llevó a Thaton. Quizás los cuatro Budas gigantes sobre las colinas que la circundan, o las fotos del embarcadero, o la posibilidad de partir hacia Chan Rai navegando por el río Me Kok. No lo sé, repito, pero el caso es que estaba allí. Era noche cerrada cuando me dirigí al otro lado del puente en busca del único ciber. Entonces escuché las detonaciones.
No soy un héroe pero, tratándose del Triángulo del Oro, y como había oído que a veces hay escaramuzas entre el ejército tailandés, sus homónimos birmanos y los traficantes de droga, no le dí demasiada importancia. Continúe hasta el ciber y le pregunté al inglés que lo regentaba (hay un montón de ingleses en Tailandia y todos tienen una cosa en común: novias que podrían ser sus nietas) si eran cohetes, misiles, disparos… Me contestó que probablemente serían “fireworks” (fuegos artificiales), pero el caso es que yo no había visto ninguna palmera de colores rompiendo la noche. Ni siquiera una triste bengala.
Al día siguiente, esperando la hora del embarque a mediodía y como el calor acuciaba, decidí trabajar un par de horas con el ordenador en la Guest House tras haber madrugado como siempre, aunque sin obtener fotos memorables. De repente volví a escuchar las detonaciones, distinguí una nube de humo, y se me ocurrió echarle un vistazo a lo que fuera. Insisto. No es valentía. Eran ganas de redimirme con alguna foto mejor. Cuando llegué, una nueva salva me sorprendió. Efectivamente no eran fuegos artificiales. Se trataba de lo que en España llamamos una traca (intraducible en mi inglés de supervivencia y me imagino que en el inglés del inglés).
Ahí estaban, reunidas, unas cien personas bajo un gran toldo. Tres grandes cerdos yacían depilados y chamuscados, a punto de cocina, junto a la multitud. También un cabrito (no, no era yo) varias ofrendas de fruta, algunos billetes sueltos, mucha bebida… ¡ya está! ¡Una boda! Como el que no quiere la cosa, me dejé “pescar”. Estrategia que consiste en pasear despistado, hombre-anzuelo, cámara en el cuello incluida, a ver si alguien “pica” y te invita. Pronto uno de los comensales me hizo señas.
-¡Buenos días! –comenté al sentarme a su lado- ¿una boda?
El hombre contestó una sola palabra en inglés: “Death” (muerte).
Se trataba de un funeral. Chino para más señas. Los alegados iban vestidos de blanco, que es el color de luto en estas lindes. De repente una chica –la única con la que pude comunicarme de todo el grupo- me explicó que su tío había muerto hacía dos días y aquella fiesta –por llamarle de alguna manera desde nuestro punto de vista- era en su honor. Todavía se prolongaría una jornada más. A continuación me invitó a rezar por él.
En primer lugar consideré que sería más conveniente preguntar el nombre del finado y, de paso, su oficio. Se llamaba de una manera impronunciable pero entendí que era conductor. Una vez hecha la introducción me puse de rodillas, uní las dos manos y empecé a simular que recitaba una plegaria, o quizás recé de verdad, a la manera que he visto hacerlo a los monjes budistas. Incluso de vez en cuando me tocaba la barba para darle más prosapia al momento.
Mientras me entretenía mirando las coloristas ofrendas del ataúd reparé por el rabillo del ojo que todo el mundo se había arrodillado y rezaba a mi lado. ¡Qué dilema! ¿Cuánto rato duran las oraciones aquí? – me pregunté. Si me levanto muy pronto, igual se lo toman a mal. Si estoy mucho rato, quizás tampoco es lo correcto. Y encima el fotógrafo de la ceremonia, chino como los demás asistentes excepto yo, o sea, el anzuelo, no paraba de hacerme fotos.
Me levanté cuando empezaron a dolerme las rodillas, di mi condolencia a la viuda, que estaba incluso de buen humor, y empecé a tomar fotos aprovechando que había otro fotógrafo oficial, tras confirmar que no le llamaban la atención. La gente me sonreía, me daban las gracias y yo seguí con lo mío hasta que me dijeron que era la hora de comer. ¡Pero si son las diez de la mañana! – protesté. En vano. No hubo nada que hacer. Me arrastraron a una mesa y el señor de al lado, que debía encontrar la mar de divertido tener un turista que no se enteraba de nada y miraba con cara de susto la cantidad ingente de comida que le traían, no hacía más que llenarme el plato de cosas que yo engullí sin preguntar, con el estómago todavía digiriendo el almuerzo del día. Le pedí al fotógrafo que tomara una imagen con mi cámara.
Al final me escabullí como pude y después de agradecer a mis anfitriones su atención salí zumbando a tomar la barca que me llevó cuatro horas por el río Mekak. Un paseo maravilloso que, como la luz estaba alta, lo disfruté y no tomé ninguna foto. Ni siquiera a los elefantes que pacían tranquilamente junto a los búfalos en la orilla. Ya iba servido de paquidermos.
11 comentarios:
Tino me encantan las fotos, especialmente la del inicio de la entrada, con ese golpe de flash.
A mi me ocurrió algo parecido a lo que cuentas, en Pingyao. Me dedique a fotografiar lo que yo consideraba una fiesta, y resultó ser un entierro.
Como iban de blanco y de muchos colores, no lo asocié con un funeral.
Un fuerte abrazo y disfruta de lo que te queda de viaje. Yo seguiré disfrutando mientras te leo.
Querido Tino. Estoy disfrutando muchísimo con las crónicas de este viaje, no sólo con las fotos sino con todo lo que cuentas. Tus relatos son deliciosos y destilan optimismo, curiosidad y buen humor. Me encanta esta manera tan ingenua que tienes de ver el mundo, como si fuera la primera vez.
Gracias por compartilo. Petons!
Leyendo esta entrada tuya algún empresario del mundo editorial igual se le ocurre mandar a un reportero a hacer un reportaje de ritos funerarios orientales para ahorrarse las dietas en comida ;-)
Ahora te mando una cosita que ha salido hoy en la edición de Madrid de El País.
Que lujo de funeral con dos fotógrafos!
Tino, ¿eres consciente de la ilusión que generas con tus viajes? Además de con tus fotos. Buen viaje.
Un abrazo.
Hola Rafa, de hecho mis crónicas son una copia de las que enviabas desde Marruecos ¿no? Gracias por tu apoyo. Se trata de aprovechar las nuevas tecnologías, mal que me pese...
Tino, magnífica también esta crónica, haces que uno se sienta casi allí.
Creo que voy a practicar más el tema de "hombre anzuelo", estoy convencido que es una buena forma de dejárse integrar....
Te deseo que sigas descubriendo todas esas cosas que, sin guión preestablecido, hay por el mundo.
Un abrazo.
Genial Tino, gracias por compartirlo, es una maravilla leerte y ver tus imágenes. Un abrazo!
Hola Tino,
Un abrazo desde Barcelona.
y recuerda: ¡viva el optimismo!
alfons.
Es muy curioso como cambian las costumbres en las diferentes culturas.
Por cierto, muy buena la imagen de los dos fotógrafos, el occidental rezando y el otro fotografiándolo...lástima que no hubiese un tercero para captarlo!!!
saludos!
M'encanta la teva manera de convertir-te en un protagonista més de la pel·lícula.
Una abraçada.
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