sábado 13 de marzo de 2010

Chian Dao Elephant Camp

UN AMANECER AFORTUNADO

Creo que el inconsciente gobierna el 90% de nuestros actos. Por eso cuando fotografío me dejo llevar siempre por sus caprichos. Es lo que denominamos intuición. El diez por ciento de nuestro cerebro que razona no tiene tiempo de procesar detalles que, en cambio, capta perfectamente el inconsciente. Podría explicaros muchos ejemplos personales, pero el de esta mañana ya valdrá.

Me he despertado sin ayuda de ningún artilugio, me he duchado, he recogido el equipo y he salido a la calle. Enseguida he encontrado un taxi colectivo al que le iba bien llevarme a la estación de autobuses. Los mercados estaban llenos de vida y las mujeres exhibían suculenta comida caliente preparada para consumir en el acto. Al llegar a la estación he mirado el reloj y… eran las cuatro y media de la mañana.

Salimos pasadas las cinco. En una hora –sin tráfico- el autobús recorrió los 50 quilómetros entre Chian Mai y el Centro de Entrenamiento de Elefantes de Chian Dao. En un momento determinado el conductor que, por cierto, cada vez que pasábamos por delante de un centro budista dejaba el volante y enviaba una oración juntando las dos manos, pronunció la frase que más temía yo en esos momentos: “aquí es”. En el siguiente acto imaginarme en la nada, rodeado de una noche negra como el tizón, en el bosque, en manga corta y en zona de malaria. ¡Manda huevos!

Como acontece siempre en estos casos una figura apareció de no sé dónde para anunciar que el centro no abriría sus puertas hasta pasadas un par de horas. ¡Maldita mi suerte! ¿En que estaría yo pensando tanto madrugar…? La buena noticia fue que me comentó que como estamos en la estación seca los anófeles están más calmados.

De repente un amanecer entre ligeras brumas anunció el nuevo día. En pocos segundos se hizo la luz y el espectáculo lo puso la naturaleza. Ya se sabe, los ruidos de la selva con los primeros rayos del sol, la calina insinuando los perfiles de las colinas lejanas, el sonido de un río más abajo… pero la sorpresa fue ¡que los trabajadores del centro iban a trabajar a lomos de su propio elefante!

Aquí estaban las imágenes que buscaba; mucho mejor que el espectáculo que un par de horas más tarde se organiza para los turistas que, además, llegaron tarde y se perdieron el baño de los elefantes en el río. Y que conste que en este centro, aparte de alguna pequeña broma para ganarse al público a cargo de algún paquidermo más cachondo, no les obligan a hacer números cirquenses. Lo que se muestra es la tradición campesina de esta zona de Asia: como se adiestraba a los elefantes para que recogieran la madera.

En Tailandia hay unos 2000 elefantes salvajes más otros 3000 que vamos a llamarles domésticos. Como cada uno consume 50.000 kilos de comida al año, quieras o no, se te dispara el presupuesto cuando mantienes un paquidermo en casa. Un elefante vale 400.000 dólares y come cada día por valor de 250 €. De momento han sido sustituidos por tractores pero, al precio que está la gasolina, ya veremos qué pasa en el futuro. Igual ésto:

El milagro de todos los días -que decía Robert Capa- la suerte en el maletín -que proclama Elliot Erwitt- o si queréis mi punto de vista, el inconsciente al que hay que creer a pie juntillas, posiblemente decididió, mientras la parte consciente de mi cerebro dormía, que si madrugaba sería testimonio de ese (o cualquier otro) imprevisto. En el fondo es lo que siempre andas buscando, sorprenderte y sorprender.

Mi aliado el inconsciente, no sólo me ha despertado a las cuatro, si no que ha optado, además, por desactivar el acto reflejo de mirar inconscientemente el reloj a pesar que aquella noche había ido a dormir pasadas las doce. Algo que me sucede por llevar el network de viaje…

11 comentarios:

Jordi Busqué dijo...

Bien hecho, Tino. A horas intempestivas es más fácil encontrar situaciones fuera de lo común. También a mi me pasa que me levanto muy temprano, a menudo todavía de noche, cuando viajo.

juanjofdez dijo...

Es algo grande el inconsciente, que no escuchamos con la frecuencia suficiente (yo, por lo menos) Gracias por seguir compartiendo a diaria tu magia y tu saber. Y te las seguiré dando cada día que transcurra tu viaje.

Tino Soriano dijo...

Muchas gracias a tí, que eres un maestro, por leerme. Y mucha suerte con tu proyecto "desde tu ventana".

http://jofz.blogspot.com/

A ver si recibes muchas invitaciones. Un abrazo

Eduard Marí dijo...

Enhorabuena Tino.Cuando uno madruga puede vivir sin buscarlo instantes unicos e irrepetibles, y te sientes de alguna manera privilegiado por ser el unico que está presente en ese momento.

Javier Alonso Torre dijo...

Galen Rowell lo llamaba "el hambre de la rata", ese impulso que te hace salir del calor de las sábanas a la incertidumbre de lo que puede pasar o no.
Un saludo.

Maria Rosa Vila dijo...

Sea intuición o no, ya lo dice el viejo refrán: "a quien madruga, Dios le ayuda". Quien se levante pronto, sea proactivo, tome la iniciativa, se aventure pronto a hacer las cosas y sea un profesional como la copa de un pino tiene más posibilidades de que la vida le sonría y le vaya mejor que a aquellos que se dejan vencer por la pereza. Enhorabuena por las fotos, Tino. Sin duda son la mejor recompensa para un madrugonazo.
Petons!!!

frikosal dijo...

Maravilloso trabajo !
Es lo que dice Javier de la rata.

Fran Simó dijo...

Al final no solté el rollo de la intuición en Caja Azul... pero veo que somos unos cuantos que creemos fervientemente en ella ;-)

José Luis dijo...

Fantástico, como siempre. Un ejemplo y un modelo a seguir... a pies juntillas.

PD_Tú no tienes suerte, lo uqe tienes e smucha mala idea levantando a elefantes a las 4 de la mañana.

Gracias.

ercanito dijo...

Ya veo que has arreglado lo de intercalar las fotos con el texto.

Una preciosidad de fotos. Seguro que sólo representan una pequeña parte del sentir tuyo en la experiencia. Eso es lo mejor.

Que siga todo bien.

Martin Gallego dijo...

Dejadme que os cuente otro amanecer mágico.
Un olor a especias flotaba en el ambiente. A esa hora la noche aún asentaba el polvo en el suelo y no dejaba ver los socavones de la calle que llevaba hasta la playa. Así que fuí poco a poco, levantando mucho los pies al caminar. Al notar el suelo blando supe que había llegado a la arena, y una hoguera me dijo que los pescadores también esperaban la salida del sol. Un círculo de luz a su alrededor ponía algo de color en la noche, y sus sombras alargadas se fundían con el negro formando una rueda de luz vibrante e hipnótica. Me alejé un poco a esperar la claridad y me senté en cuclillas como la gente del país, atento, empapándome del ambiente mágico que tenía el privilegio de vivir. Las formas llegaron poco a poco, sin prisa, trazando círculos sin un rumbo fijo pero con algún patrón secreto. Parecían niños, formas oscuras que salían del bosque y vagaban por la playa cogiendo pequeñas cosas del suelo aquí y allá, a veces dos o tres se agrupaban, se tocaban y al momento iniciaban una pequeña carrera que acababa pocos metros mas allá, en silencio. Yo asistía intrigado al espectáculo mientras la luz crepuscular comenzaba a iluminar las olas y teñirlas de rosa como cintas ruidosas que se deshacían al llegar a tierra. Me puse en pié, me llevé la cámara a la cara y medí la luz: poca, casi ninguna. Y me resigné a vivir aquel momento mágico y fijarlo en la memoria, cuando en las playas de Banjul los monos verdes bajaron a la playa al amanecer y estuve allí para vivirlo.
Cuando al poco se fueron, me colgé la mochila y volví hacia el hospital donde un duro dia de trabajo me esperaba, pero esa es otra história....